Cada minuto cuenta

525,600 minutos. 8,760 horas. 365 días. 12 meses. Un año.

Cada minuto cuenta. La normalidad no puede volverse normal, ¡porque esto no es normal! No es normal lo que se vive en el país, así como tampoco se puede asumir que lo que se vive en la zona metropolitana es la normalidad del resto de la isla, porque no lo es.

Todavía hoy, 525,600 minutos después del paso de huracán María, hay personas viviendo en refugios.

Todavía hoy, 8,760 horas después hay familias sin hogar seguro, con techos “azules”.

Todavía hoy, 365 días después, hay personas sin servicio de electricidad.

Todavía hoy, 12 meses después, se desconoce la cantidad de víctimas fatales del fenómeno.

Todavía hoy, 1 año después, Puerto Rico no se levanta.

Todavía hoy. Es una tragedia después de la tragedia.

Se sabía que la recuperación de esta crisis tomaría tiempo, pero ¡qué lejos estábamos de poder imaginar cuánto! Un año ha pasado y si la cosa madura como pinta, unos cuantos más pasarán. Sí, ha habido progreso, pero el camino para que la familia puertorriqueña tenga la vida digna que merece es largo y empinado. El huracán vino a acentuar fenómenos que ya estaban ocurriendo como la migración masiva y el desempleo. La crisis económica. La crisis de salud mental. No, esto no es normal. Acostumbrarnos a esta “normalidad” sería renunciar a aspirar a una vida mejor, a la vida de calidad que merecemos. No podemos internalizar la pobreza económica y social y empobrecernos del alma. No. No es normal y no es lo que merecemos ni es a lo que debemos aspirar.

Tal como se hizo en aquellos días inmediatamente después del huracán en los que cientos de ciudadanos tomaron el control de sus comunidades y de las calles para remover escombros, abrir caminos y salvar vidas, corresponde nuevamente a cada uno, a cada comunidad y a cada pueblo, tomar el control de su propia recuperación. Es lo que toca, lo que corresponde, ante la realidad fiscal y social que afecta al país. Aquellos tiempos de esperar a que “el gobierno responda” deben irse de la misma forma que se fueron tantas cosas mucho más preciadas después del huracán.

Es tiempo de dejar atrás el discurso oficial de aquellos primeros días en los que se proclamaba a los cuatros vientos que la ayuda venía en camino y se aseguraba que las autoridades estaban en control de lo que pasaba, porque a un año del evento y ante el impacto después del impacto, es claro que nos toca a cada uno controlar lo que podemos. Y en cuanto a lo que no podemos controlar, una cosa a la vez, para no agobiarnos. Un asunto a la vez para salvar tesoros invaluables: la vida y la familia.

Cierto, la piña está agria, pero también lo es que puede ser peor, y “ser peor” incluye aceptar como normal que está agria y no hacer nada para endulzarla ¡y tenemos el azúcar para hacerlo! Nos hemos levantado de otras tragedias y lo haremos de esta, solo que esta vez, debemos lograrlo por nuestros méritos. No podemos seguir esperando a que otros hagan. Unidos como familia, como comunidad y como pueblo lograremos ese mejor país que soñamos.

Cierto, María nos cambió la vida, pero allí donde hay crisis, hay oportunidad. Es necesario un cambio de actitud para empezar a ver que donde termina un camino, empieza otro. Cierto, no tenemos la capacidad de controlar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero tampoco es que no tenemos control de nada. Hay unos puntos medios sobre los que sí podemos actuar. Cierto, tenemos debilidades, pero también tenemos fortalezas. La realidad impone enfocarse en las posibilidades y empezar a sumar, porque ver (y vivir) solamente lo negativo, no nos ha resultado y no nos resultará.

¿Qué nos queda? Controlar lo que podemos: nuestra actitud hacia la vida. Cambiando la actitud, cambiaremos nuestra conducta. Será ese cambio el que nos impida acostumbrarnos a esta realidad y nos empuje hacia ese futuro que queremos.

Un abrazo fuerte.

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