Mi primer héroe

Más que el recuerdo de un padre cariñoso, la imagen que tengo de mi papá es la de un hombre trabajador, honrado, con un corazón noble, valiente, con un incansable espíritu de lucha que nos transmitió en los genes. No paraba, no se detenía, siempre buscaba qué más hacer para que tuviéramos todo lo que necesitábamos, y lo logró. Nunca nos sobró para tener lujos exóticos, pero nunca nos faltó nada y eso es un lujo.

Conduciendo carros públicos primero, luego guaguas y finalmente un taxi, echó pa’lante a cinco hijos. A mí me encantaba el taxi. Cuando salía de la escuela iba a “la base” a buscarlo para que me llevara a casa, pero él lo hacía mejor: me permitía acompañarlo a llevar a unos cuantos clientes y por supuesto, iba en el asiento del frente, lo cual para mí era una maravilla, ¡me sentía como una reina! Luego me dejaba en la casa de mi abuela, su mamá. Yo adoraba ir allí. No solo me consentían hasta decir basta; aquella casa era mágica, pero eso es otra historia.

Mi papá; mi primer héroe. El que fue a la guerra, el que hacía las muecas más feas, el que más sacaba la barriga para hacerse el gordo y hacerme reír, el que hacía las cosquillas más toscas, ¡pero a mí me encantaban! Dentro de su timidez y las limitaciones y distancias emocionales que él mismo ponía (no sabía ser de otra forma), el que mejor hacía los limbers de mantecado, la mejor salsa de mojito para los hot dogs y el que más amaba en silencio. Era un genio en matemáticas y yo, que siempre he sido mejor con las letras, me preguntaba por qué si heredé su ímpetu, por qué no heredé también su agilidad con los números. Con el tiempo he entendido que no es tanto así como que no la tengo, sino que no la desarrollé tan bien como él.

No siempre fue todo color de rosa, ¿pero en qué familia lo es? Aunque hubo situaciones que nos marcaron y hasta cierto punto determinaron nuestras acciones, decisiones y por lo tanto nuestra vida, el tiempo y la distancia nos enseñan a manejarlas mejor. Vamos aceptando nuestra propia responsabilidad, nos vamos liberando, perdonando y perdonándonos.

La vida se encarga de enseñarnos que el problema no son los limones que nos da, sino lo que hacemos con ellos. Con toda una vida a su lado, no necesito su genialidad matemática para afirmar que la vida me dio el mejor papá que me pudo dar. No era muy cariñoso, eso le llegó después, con los años, supongo que con la sensación de vulnerabilidad que se nos asienta en el alma a medida que vamos envejeciendo. Su forma de expresar amor era proveyendo, aceitando la maquinaria para que todo en la casa fluyera en orden y lo logró con excelencia. Su ejemplo de lucha y perseverancia impregna mi existencia.

Este es mi primer Día de los Padres sin él. Este ha sido el escrito más difícil de mi carrera porque desde febrero papi descansa en paz. En sus últimos años de vida fui testigo de una transformación que me permitió conocer a un ser sensible, vulnerable, apasionado, con sentido del humor. Entonces, pude entenderme mejor. Lo amo por eso, también.

En este Día de los Padres, ¿qué te puedo desear que no sea que ames al tuyo con tanta fuerza como te dé el corazón? Que perdones lo que haya que perdonar y lo ames en palabra y en acción, que lo disfrutes inmensa e intensamente cada día, cada hora, cada instante… que un día extrañarás su abrazo y su olorcito a café.

En cuanto a mí, aunque la muerte nos haya separado, hay un vínculo mayor que me une a él; su sangre corre por mis venas y su recuerdo, su amor, su disciplina y tantas lecciones que me dio que viven en mí. Él nació para ser mi padre y yo para ser su hija y eso es una gran bendición. Aunque ya no esté en este plano terrenal y nos abracemos con el alma, sigo siendo Sandra López, la hija de Juan López, la hija del taxista. Sigo siendo la nena de papi.

Foto: IStock

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