El estrés nuestro de cada día

¡Qué cosa mala es el estrés! Nos da dolor de cabeza, nos tranca el estómago, nos quita el sueño, nos da más hambre (a otros se la quita), ¡nos mata del corazón! Nos hemos acostumbrado tanto a él, que no le prestamos atención y lo dejamos en nuestra vida, subestimando los efectos nocivos que tiene para la salud física y emocional.

El estrés es una demanda o presión impuesta que nos puede hacer sentir tensos, molestos o incómodos. Cada uno tiene sus propias tensiones: económicas, laborales, sentimentales, etc.

Algunas investigaciones sugieren que unas personas heredan la tendencia a sentir más estrés que otras y otras lo describen como una respuesta aprendida a lo largo de la vida. Así, las personas con altos niveles de estrés tienden a creer que son más propensas a sentirse amenazadas y sin control.

Todo sufrimos de estrés, ya sea a corto o largo plazo. Un ejemplo del primero es cuando creemos que se nos perdió un documento importante. Situaciones de la vida diaria, como planificar una comida o reservar tiempo para hacer diligencias, pueden hacernos sentir preocupados o ansiosos. Por el contrario, un ejemplo del que es a largo plazo, es el discrimen, una enfermedad mortal o un divorcio.

Sea cual fuere, los eventos estresantes pueden afectar la salud de distintas formas. Diversas investigaciones demuestran que el estrés desencadena cambios en el organismo, haciéndolo más vulnerable a las enfermedades o empeorando problemas que ya padecemos.

Otras dificultades que causa son problemas cardíacos, diabetes, dolor de cuello o espalda, estreñimiento, diarrea, riesgo elevado de ataques de asma o artritis, tensión, retortijones e hinchazón estomacal, dificultad para quedar embarazada y problemas de la piel como la urticaria. En términos de salud mental, puede causar ira, irritabilidad, falta de energía y de concentración, tristeza, depresión, ansiedad, aumento o pérdida de peso y disminución del deseo sexual.

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Ahora bien, debes saber que el estrés no siempre es negativo. Puede ayudarnos a lograr lo que queremos hacer. Trae esperanza y excitación a nuestras vidas, como las vacaciones o una fiesta familiar. Nos ayuda a crecer y a cambiar, evitar el peligro y esmerarnos por lograr un objetivo.

Manejar el estrés no significa eliminarlo, sino trabajar con él para convertirlo en una fuerza positiva y excitante. A medida que este aumenta, también mejora nuestro desempeño y bienestar hasta llegar a una zona de confort. Es solo cuando nos acercamos al punto de estimulación excesiva cuando tenemos que estar listos para utilizar las técnicas de manejo del estrés. Este se torna excesivo cuando las demandas comienzan a superar los poderes normales de ajuste.

El primer paso es reconocer el problema estando al tanto del carácter del estrés, de nuestra respuesta hacia él y qué situaciones estresantes nos hacen sentir agobiados. Presta aten­ción a las señales de tu cuerpo para saber cuándo afecta tu salud. Algunas formas de controlarlo son:

Relájate: cada persona tiene su forma de relajarse. Algunas de estas son: la respiración profunda, el yoga, la meditación y los masajes terapéuticos. Si no puedes hacer estas cosas, toma unos minutos para sentarte, escuchar música relajante o leer.

Reserva tiempo para ti: para no sentirte culpable, ¡considéralo como una orden médica! No importa cuán ocupada estés, trata de reservar 15 minutos diariamente para hacer algo para ti, como darte un baño con burbujas.

Duerme: dormir es una buena forma de ayudar a tu cuerpo y a tu mente. Si no duermes lo suficiente, el estrés puede empeorar y no puedes combatir las enfermedades efectivamente. Por el contrario, si duermes bien, puedes enfrentarte mejor a tus problemas y reducir el riesgo de enfermarte. Trata de dormir entre siete y nueve horas cada noche.

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Aliméntate correctamente: trata de obtener energía a través del consumo de frutas, verduras y proteínas. La mantequilla de maní, el pollo o la ensalada de atún son buenas fuentes de proteínas. Consume cereales integrales como pan y galletas de trigo. No te dejes engañar por el golpe de energía que sientes al consumir cafeína o azúcar, ya que esta energía se acabará rápidamente.

Muévete: la actividad física no solo ayuda a aliviar la tensión muscular, sino que también mejora el estado de ánimo. Antes y después de la actividad física, el organismo produce ciertos químicos (endorfinas) que alivian el estrés.

Habla: conversa con amistades o familiares. Hace bien encontrar a alguien que te permita hablar libremente acerca de tus problemas y sentimientos, sin juzgarte. También ayuda escuchar un punto de vista diferente. Recordarás que no estás sola.

Busca ayuda profesional: un consejero puede ayudarte a manejar el estrés y encontrar las mejores maneras de enfrentar los problemas. La terapia también puede ayudar con trastornos más graves relacionados al estrés. Existen medicamentos que pueden fomentar el sueño y aliviar los síntomas de la depresión y ansiedad.

Sé transigente: en ocasiones, discutir no vale la pena por el estrés que genera. Aprende a ceder.

Anota lo que piensas: haz un diario; es una excelente forma de desahogarte y manejar las situaciones que te causan estrés. Luego puedes releerlo y ver cuánto has progresado.

Ayuda a otros: es otra forma de ayudarte a ti misma. Ayuda a los vecinos, haz trabajo voluntario, etc.

Ten un pasatiempo: algo que realmente disfrutes hacer y asegúrate de separar tiempo para explorarlo.

Ponte límites: tanto en lo relacionado al trabajo como en el aspecto familiar, determina cuánto puedes hacer en realidad. El día tiene 24 horas. Establece límites para ti y para los que te rodean. No temas decir “no” a pedidos para los que no tienes tiempo (ni energía).

Planifica tu tiempo: piensa por adelantado cómo lo usarás. Escribe una lista de cosas por hacer y ponlas en orden de prioridad.

No manejes el estrés de forma no saludable: como beber demasiado alcohol, consumir drogas o comer o fumar en exceso.

Fuentes: National Institutes of Health, Women’s Health

Foto: IStock

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