El valor de la reconciliación

Con frecuencia, pensamos en la palabra reconciliación y la asociamos con la dinámica que le sigue a alguna discusión con la pareja. Es más, hay quienes propician un argumento solo para romper la rutina y disfrutar la reconciliación que le sigue, como si fuera cosa de un cuatro de julio.

Sin embargo, el concepto reconciliación es mucho más abarcador. Lederach (1998) afirma que la reconciliación permite la resolución de la tensión entre un pasado destructivo que ha roto lazos y proyectos de vida, para construir conjuntamente un futuro compartido. Como ves, este significado, es por mucho, muchísimo más abarcador que el que se le suele dar tan llanamente en el diario vivir.

¿Cuántos padres se encuentran distanciados de sus hijos? ¿Cuántos hermanos han pretendido romper lazos con aquellos con quienes compartieron la cuna? Las razones para estas pseudo rupturas son tan variadas como las notas que da una guitarra, y cada quien las justificará con argumentos que realmente le parecen válidos y en algunos casos realmente se entenderá el distanciamiento. Sin embargo, en mi opinión, hay lazos que no se pueden romper. Podemos ponernos nuestro mejor antifaz y decir que no nos importa, pero a la larga, cuando apagamos la luz y cerramos la puerta y nos quedamos solos en nuestra más absoluta intimidad, la verdad que sale es otra. Este es un buen momento para invitarte a meditar al respecto.

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Abramos más el lente para ampliar un poco más la perspectiva. Apliquemos el concepto de reconciliación a nuestra sociedad. Construir el futuro y dejar el pasado no implica olvido, sino una memoria creativa para, a partir de las lecciones del pasado, edificar el futuro que soñamos (Villa, et al., 2007). Y hay tanto de lo que debemos aprender. Ahora bien, una cosa son los escenarios de reconstrucción de las relaciones sociales y otra, los procesos donde se implican los actores que han perpetrado las acciones violentas en contra de la comunidad o de las personas, lo que tiene otras implicaciones.

Cuando se ha operado algún nivel de justicia, cuando quienes han empuñado las armas han tenido que responder ante la justicia, han tenido que asumir una sanción; cuando las víctimas han podido acceder a información y acercarse a algún nivel de la verdad (por lo menos, desde lo que tienen que decir los victimarios), se abren y posibilitan espacios para la reconciliación. Por eso, también hay que decirlo, el perdón y la reconciliación no se pueden imponer, por el contrario, constituyen un proceso lento, que incluye una perspectiva de derechos; no se puede trivializar ni manipular ni servir a los fines políticos, económicos o sociales de las élites. Debe incluir necesariamente los puntos de vista y las necesidades reales de las personas afectadas directamente por la violencia, que si cuentan con apoyo, respaldo, una escucha permanente, una reivindicación de sus derechos y escenarios para hacer valer sus derechos, tendrán mayor disposición al perdón y la reconciliación (Villa, 2016).

Independientemente de cuál sea el escenario, más allá de los fuegos artificiales de una reconciliación amorosa, el resultado de la reconciliación es la paz. La paz no se concibe como la ausencia de conflicto; más bien, es el proceso por el que el conflicto se transforma a través de medios no violentos. Para lograr esta paz, no solo es necesario concebirla de una forma más real y menos utópica, sino que se requiere tener a consideración otro aspecto relevante que influye en el bienestar de las personas, sobre todo de las que han sido víctimas de la violencia: el perdón (Hinestroza et al., 2016).

Reconciliación, paz, perdón… yo los resumiría en un solo valor: liberación. ¿No te parece que necesitamos mucho de todo eso? Yo creo que sí. Creo que es tiempo. Creo que luego es tarde. Creo que es ahora. Puerto Rico se nos está cayendo y nos toca detener la caída. Ya no tenemos al Chapulín Colorado, ahora nos corresponde a nosotros.

Foto: IStock

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