¡Camina y no te detengas!

Para los que tenemos piernas saludables caminar es cosa de todos los días. Caminamos de arriba para abajo en el hogar, en el trabajo, en el centro comercial; ¡las piernas son nuestro medio de transporte primario!

Sin embargo, cuando el médico o nutricionista nos dice que tenemos que hacer ejercicio, que con caminar media hora diariamente es suficiente, nos congelamos; lo único que permanece activo es nuestro cerebro, bombardeado por pensamientos como “no me gusta el ejercicio”, “no tengo una pista cerca”, “no me gusta caminar”, “no tengo con quién hacerlo”. ¿Te fijaste que todos los pensamientos comienzan con un “no”? ¿Cómo que no? ¡Si caminamos prácticamente todo el tiempo!, es cuestión de salir de la zona cómoda y atrevernos a hacer algo diferente, romper nuestros esquemas, estirarnos como una rubber band, un poco incómodo pero muy revelador ya que podemos saber qué tan lejos podemos llegar.

No te miento, al principio puede ser un poco desafiante y aburrido. En mi caso, por lo tímida que soy –mira lo que son los pensamientos irracionales– sentía vergüenza de que me vieran caminando y no corriendo porque, según yo (pensaba en aquel momento), los que corrían eran los “pro” y los que caminaban eran los flojos.

¡Timidez y orgullo! Hace tiempo que acepté lo erróneo y ridículo de aquel pensamiento, pero solo hasta hoy tuve el valor de publicarlo (sí, me estoy estirando como una banda elástica). Así que ese es mi primer consejo: olvídate de lo que piensen los demás. Después de todo, a la única persona que le importa lo que piensen los demás ¡es a ti! Quien te vea caminando en la calle, como mucho, admirará tu fuerza de voluntad para hacer algo que ellos quisieran hacer y no hacen. Se conformarán diciendo para sus adentros “yo debería hacer lo mismo”.

¿Qué decían los corredores? Nada, nada malo. En mi caso, después de un tiempo caminando, aburrida de dar vueltas en la pista, llegó (¡sí!) un bendito momento en el que el cuerpo me pidió calle. Para mi sorpresa, encontré un mundo de atletas dispuestos a compartir trucos, técnicas y consejos para que mi experiencia fuera mejor. O sea, que eso de que yo era una floja, una vez más, solo estaba en mi mente. Simplemente, a nadie le importaba.

Una cosa debo aclarar. El momento ese en el que el cuerpo sintió el impulso de correr (en la calle, ya no quería pista), no llegó de una mañana a otra. Fue un proceso, un periodo de meses largos, levantándome a las 4:30 a.m. en el frío de Cayey para irme a caminar. Al principio, precisamente por ese frío rico, era difícil salir de la cama, pero a medida que le fui cogiendo el gusto y sintiéndome mejor de salud, quitarme la frisa de encima empezó a ser más fácil. Siempre iba a la pista, que tenía una forma casi cuadrada, con curvas bien abiertas.

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Al principio solo caminaba. A medida que mi condición física fue mejorando, empecé a alternar: en cada vuelta caminaba un lado de la pista y trotaba otro y así hasta completar los cuatro lados. Así estuve otro periodo de tiempo. Cuando estuve lista (el cuerpo te avisa), cambié la rutina: en cada vuelta trotaba dos lados y caminaba los siguientes dos. Así estuve hasta que sentí que los pies se me iban solos: durante un tiempo troté en la pista.

Cuando la pista volvió a parecerme aburrida y poco desafiante supe que había llegado el momento de salir de allí. Si iba a correr en la calle, (en las aceras, realmente), para mí era importante medir el progreso; cuánto tiempo me tomaba trotar una milla, cuál era el ritmo cardiaco, etc., así que Wilfred (mi esposito) me regaló un reloj que era divino y eso para mí fue una maravilla. Finalmente, le había cogido el gusto no solo a caminar, sino a correr. Me-en-can-ta.

Descubrí que por más cansada que me levante, se me va a pasar después de la corrida, que si no corro entonces sí que pasaré el día cansada, que es increíblemente relajante, que paso el resto del día (me gusta correr en la mañana) “activá’”. Igual te digo, no me funciona ir si siento que tengo prisa; siento que no avanzo, que voy lenta, me exploto, me canso… no, ir con prisa no funciona.

Desde que corro mis piernas están más bonitas, mantengo el peso con más facilidad, me canso menos, me relajo más, paso mejor el día, duermo como un lirón y mis resultados de laboratorio son un espectáculo. Solo he tenido ganancias, pero todo empezó aquel día que decidí salir de mi zona cómoda, vencer mi timidez, mis temores, dejarme de excusas y arrancar a caminar.

Caminar es una de las maneras más fáciles de hacer actividad física. No es caro y lo puedes hacer casi en cualquier lugar y en cualquier momento. Te ayuda a quemar calorías, mantener un peso saludable, fortalecer huesos y músculos, reducir el riesgo de desarrollar presión arterial alta, enfermedades del corazón, diabetes de tipo 2 y mejorar tu estado de ánimo. Como si eso no fuera suficiente, te da la oportunidad de tener vida social y hacer nuevas amistades. Incluso, es posible que algunos allegados se animen a caminar cuando vean y escuchen lo bien que te sientes. Es gratis y no tienes que comprar ropa ni ni equipo especial.

Para que las caminatas sean divertidas, ve a lugares que disfrutes, como el centro comercial o el parque. La pista siempre es una excelente opción, pero puede ser un poco fastidiosa. Ir con alguien o poner música puede ayudar, aunque yo prefiero ir sola. Por cuestiones de seguridad solo uso un audífono para escuchar música sin “desconectarme” de lo que pasa a mi alrededor y siempre llevo el teléfono (de hecho, aunque me gusta ir sola, en ocasiones en vez de escuchar música, prefiero hablar por teléfono). Mi esposo sabe mi horario y conoce todas mis rutas, aunque desde que dejé a Cayey, no tengo tantas. Si está oscuro, uso ropa que tenga elementos reflectores y evito áreas muy solitarias.

Para tu beneficio, algunos nutricionistas dicen que no tienes que caminar los 30 minutos de una vez; puedes dividirlos en varias sesiones de tiempo. Aquí algunos consejos del Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés) son:

  • Usa zapatos que tengan el apoyo de arco adecuado, un taco firme y suelas flexibles pero gruesas. Los zapatos acojinarán los pies y absorberán el impacto.
  • Usa ropa que te mantenga seca y cómoda. ¡Venden muchas piezas bonitas y económicas!
  • Camina lo suficientemente rápido para aumentar el ritmo del corazón y a la vez poder seguir hablando sin dolor, concentrarte y respirar sin esfuerzo.
  • Haz extensiones después del precalentamiento y después de que el cuerpo vuelve a enfriarse. (¡Esto es súper importante!)
  • Divide la caminata durante la semana. Camina por lo menos tres días a la semana (si no puedes hacerlo diariamente). Agrega algunos minutos cada semana.
  • Para evitar tener articulaciones y músculos adoloridos o encogidos, comienza lentamente (¡no te desesperes!). En el transcurso de varias semanas, comienza a caminar más aprisa, a aumentar la distancia y camina por más tiempo.
  • Documenta tu progreso. Anota la fecha, la hora y la distancia que caminaste. En mi caso, el reloj es un éxito (aquel se dañó y ya tengo otro); puedo saber cuánta distancia recorro en cuánto tiempo, a qué velocidad y cómo se comporta mi corazón (ritmo cardiaco).
  • Caminar correctamente
  • Camina con la barbilla en alto y los hombros un poco hacia atrás.
  • Deja que el talón del pie toque el piso primero, luego deja que tu peso siga el movimiento hacia adelante.
  • Camina con los dedos de los pies apuntando hacia adelante.
  • Mueve los brazos naturalmente al caminar.

Foto: IStock

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