¿Por qué corro?

Para muchos no corredores la contestación a ¿por qué corro? y en particular ¿por qué corro largas distancias?, puede ser tan sencillo como masoquismo. Y los entiendo.

Quienes miran este deporte desde el otro lado ven un sacrificio de tiempo y energía, amanecidas, dolor muscular, un dineral gastado en tenis, ropa deportiva y carreras: ¿para qué? ¿una medalla? ¿un post en Facebook con fotos poco favorecedoras ya que estás cubierta de sudor, sucio y un marcador indicando una distancia absurda y un paso por milla glacial, el subtexto de esto siendo: ¡corrí un montón, celébrenme!?

Bueno, sí. Pero más allá de esas razones superficiales una vez tomas el Kool-Aid de correr (o de la bicicleta o de los triatlón o de cualquier deporte de endurance) la pregunta inspira toda una lista de razones para levantarse temprano, amarrarse los cabetes y salir por la puerta a la pista, la calle o el monte.

Estos son los míos:

Cerveza

Me encanta la cerveza, el vino, el wiski, la ginebra y la comida. Soy escritora de gastronomía profesional, por lo que asisto a muchos almuerzos, cenas y cócteles, y por mi cuenta también me gusta almorzar, cenar y tomar cócteles. Comencé a correr cuando me di cuenta que subía de peso gracias a esta profesión de ensueño. Hacer dieta para mí es mucho más sacrificado que una hora o dos diarias dándole vueltas al Parque Central o al Paseo de la Baldorioty.

Zen

Cuando uno corre, el cerebro suelta endorfinas que causan un sentido de euforia y reducen el estrés. Puedo estar de mal humor todo el día y después de correr, soy la persona más llevadera del mundo y todo fluye.

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Ayuda también a hacer las presiones, desilusiones, malos ratos, preocupaciones y obligaciones de todos los días más manejables. Para citar al autor Christopher McDougall (Born to Run): “If you don’t have answers to your problems after a four-hour run, you ain’t getting them.”

Estructura

Yo siempre corría, en la trotadora del gimnasio, en las prácticas de baloncesto en escuela superior, por mi vecindario en Nueva York antes que enfriara el clima. En el 2011 fue que me hice corredora, lo cual significa que comencé a correr consistentemente, muchas veces con una carrera en agenda.

Desde entonces, he corrido dos medios maratones, dos carreras de 16 millas, tres maratones de 26.2 millas y un ultramaratón de 50 millas. Más allá del deseo de validación por redes sociales, entrenar para estos eventos me da un plan para seguir que reduce el riesgo de optar en vez por un maratón de Netflix.

No tengo que ser buena

Llegué a saborearme el banco ese año que decidí jugar soccer en undécimo grado. No comí tanto banco en baloncesto porque era alta, pero mis 4 puntos promedio por juego tampoco me ganaron MVP. En mi actual deporte jamás ganaré una carrera. Ni mi capacidad atlética ni mi capacidad para sufrir dan para tanto.  Pero aun con mi paso de 11 minutos la milla, nunca he escuchado un pito en medio de mi corrida y el fantasma de uno de mis coaches gestionando con coraje desde la acera que me salga de ahí.

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A nadie le importa que no soy rápida. Al revés, los corredores nos pasamos en la calle con una sonrisa, un saludo, un thumbs up, todos estamos muy orgullosos de esos otros atletas mediocres como nosotros en la calle día tras día.

Panacea

Soy inmortal. Por lo menos, eso dicen mis laboratorios, y estoy segura que lo que me ha llevado a estar en tan buena condición de salud es mi deseo de recorrer millas y millas a pie cuatro a cinco veces en semana. Pero cumplí 30 hace poco, puede que en los próximos años mi cuerpo me traicione y un día me levante con la noticia, ¡ja! ¡Tienes diabetes! Pero aun así, probablemente siga corriendo.

Foto: IStock

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