Ejemplo de superación desde su nacimiento

Al conocer a Yeisa Morales uno inevitablemente nota su energía —es dinámica, habladora, carismática— y su estatura —mide 4’7”—. Es relacionista profesional hace 17 años, carrera ideal para su personalidad sociable y hyper, como ella se describe.

Desde joven Yeisa “no para la pata”, como dice la expresión. Fue oficial de prensa y trabajó durante 10 años en una firma de publicidad, a la vez que realizaba trabajos de relaciones públicas para clientes privados. Y aun con una agenda cargadísima logró terminar una maestría, hacer trabajo voluntario e iba al gimnasio dos veces al día.

Con el paso que llevaba y su buen ánimo, uno jamás se imaginaría que Yeisa nació con espina bífida y menos que hace cinco años casi lo pierde todo.

La historia de Yeisa comienza en la guerra de Vietnam, donde su padre fue uno de los soldados americanos expuestos al agente naranja. Al regresar a Puerto Rico tuvo dos hijas. La menor, Yeisa, nació prematura y con un saquito de espina bífida perforando su espalda.

Por ser tan pequeña, la mandaron a la casa para que su madre la subiera de peso antes de operarla. No se supone que un bebé con espina bífida abierta, como en el caso de Yeisa, pase 72 horas sin ser operado; sin embargo, duró tres meses y pudieron operarla, dejándole cuatro vértebras abiertas en la espina dorsal. Les advirtieron a sus padres que cualquier impacto en esa área de la espalda la podría dejar paralítica.

A pesar de todo, Yeisa fue una niña activa dentro de sus limitaciones. Sus padres nunca le impidieron que hiciera actividades como ir a campamentos y tomar clases de ballet, siempre enfatizándole que debía tener cuidado y que llegara hasta donde el dolor le permitiera sin lastimarse.

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“Todos los años me monitoreaban y estaba dentro de lo normal, con mi dolor neurológico, que es una electricidad bien fuerte en el área de la operación”, explica. Es un dolor que le ataca sorpresivamente y dura 24 horas, durante las cuales toma medicamento.

En el 2012, apenas seis meses después de terminar la maestría, recibe una llamada urgente de su médico. Un hueso de la columna vertebral estaba creciendo hacia afuera e impactando el cordón espinal y había que operar.

“No tenía ningún síntoma, solamente que se me adormecía la pierna izquierda y eso era a causa de la espina bífida. Con unos medicamentos dormía feliz y no me molestaba. Cuando me hacen un estudio más minucioso, el doctor me dice: ‘Olvídate de la pierna, tienes el cordón espinal partiéndose en dos y si no te operas en un mes, te vas a quedar sin caminar’”, recuenta.

La operación iba a durar dos horas y tenían monitores asegurándose de que no se afectaran sus piernas. En plena cirugía, sus piernas murieron. Ocho horas más tarde salió de sala de operaciones.

“Ocho horas que mis papás no sabían nada de mí. Ocho horas que a los médicos se les olvidó que yo estaba boca abajo y me quemaron en tercer grado la barbilla [por el frío y el roce contra la mesa de operaciones]”, cuenta.

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Recibió inyecciones de cortisona y salió del hospital en silla de ruedas, aunque no parapléjica. Pero hubo una complicación más severa.

La operación de nacimiento y la reciente se cruzaron, creando un dolor insoportable. Al ir al hospital, le dieron morfina cada dos horas. “En aquel momento pesaba 90 libras y mido 4’7”. Imagínate, poniéndole a este cuerpecito cada dos horas una dosis de morfina para una persona normal”, señala.

Yeisa no recuerda nada de ese tiempo excepto pesadillas, no sabía lo que sucedía en su entorno. “Se volvieron locas todas mis amistades, mis papás, buscando a ver de qué forma me podían volver a la tierra porque estaba fuera del mundo. Un psiquiatra les dijo a mis papás: ‘Ella lo que tiene es psicosis inducida por el medicamento. Tienen que llevarla urgente a un centro de detox. De lo contrario, se puede quedar en ese viaje”, recuerda.

Al despertar de la psicosis regresó a su hogar. No podía caminar, la intoxicación le causó depresión y se frustraba cuando veía anuncios de sus antiguos clientes, porque en toda su vida siempre había sido una persona trabajadora. Fueron los momentos más difíciles y tuvo que buscar ayuda psicológica para superarlo.

Poco a poco comenzó a salir de la crisis. Iba a terapia física y empezó a caminar en la playa para fortalecer las piernas. Pero aun pudiendo caminar, quería quedarse en la cama todo el día por la frustración y la tristeza de no ser productiva.

Ese empuje para seguir mejorando fue su sobrina Camila. “Empecé a vestirme para que no me viera llorando ni en pijamas. Jugaba con ella, la hacía entretenerse. Mi reto era: ‘no puedes darle a Camila ese ejemplo de que no puedes seguir hacia adelante, de que una operación te frustró la vida’, no”, narra.

En el 2013 le ofrecieron un trabajo de oficial de prensa y desde entonces ejerce como relacionista profesional para algunos clientes, incluyendo Stella Nolasco, con quien trabaja hace 13 años.

Ahora, cinco años más tarde, su actitud es positiva. Escoge sus clientes, camina todos los días por la playa y aunque tuvo que hacer cambios grandes en su manera de vivir, lo ve como algo positivo.

Foto: Felipe Torres

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