¿Duermes con un Peter Pan?

O incluso podrías ser tú quien experimente el síndrome de Peter Pan (SPP) o inmadurez emocional, el cual se refiere al adulto que sigue comportándose como niño o adolescente y no asume la responsabilidad de sus actos y de la vida adulta.

Problemas relacionales

Este síndrome se distingue por una marcada inmadurez emocional matizada por sentimientos de inseguridad y temor al rechazo. Descrito por el psicólogo norteamericano Dan Kiley, el SPP define los rasgos comunes de las personas que no quieren dejar de ser niños y no saben —o no pueden— dejar de ser hijos ni, por tanto, convertirse en padres.

Eventualmente, esto produce un desfase entre su edad cronológica adulta y la madurez afectiva infantil que lo caracteriza.

Esta discrepancia repercute en el rol que se espera de ellos en una relación de pareja, pues no asumen sus obligaciones y se comportan como un niño, no aportando seguridad ni protección a su núcleo familiar. Al no distinguir la diferencia entre ser niño y haber crecido, asumen un rol pasivo e inmaduro en su afectividad adulta que origina, entre otros, serios problemas que pueden llevar a la ruptura de la relación. (Sarrió, 2014)

Los adultos Peter Pan tienden a sentir atracción por ciertas actividades propias de la infancia y de la juventud, etapas que idealizan como mecanismo defensivo para negar la realidad de que el tiempo ha transcurrido y han crecido. No se trata de no jugar o distraerse.

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De hecho, la distracción y separar tiempo para uno mismo es parte de una vida saludable. Sin embargo, cuando estos periodos de distracción se prolongan en tiempo y frecuencia a tal grado que interfieren con el desempeño laboral, personal o familiar, podrían convertirse en un problema.

Aunque muy en su interior se sienten insatisfechos con su situación, estos adultos-niños no hacen nada por resolverla y buscan cómo lograr que otros asuman las responsabilidades que les corresponderían a ellos.

El SPP puede causar alteraciones emocionales como ansiedad y tristeza, las cuales podrían desembocar en depresión. Además, quienes padecen este síndrome suelen sentirse poco realizados, ya que al no asumir la responsabilidad de sus actos tampoco sienten sus logros como suyos, y esto a su vez incide directa y adversamente en su autoestima.

Generalmente, se sienten incomprendidos y les resulta difícil darse cuenta de su problema; de hecho, no saben que lo tienen. Muchas veces, no es sino hasta que se presenta alguna situación crítica y desencadenante que entienden y comprenden que su forma de comportarse y enfrentar el mundo no es efectiva respecto a la del resto de sus contemporáneos.

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Consejos

Del mismo modo que no podemos volar como hace Peter Pan, tampoco podemos vivir sin asumir responsabilidades, por lo que comenzar a tomar responsabilidad por nuestros actos es el primer paso para el comienzo de la terapia. Una vez la persona asume que es responsable de su vida deberá:

  • Aprender a solucionar problemas y enfrentarse a los retos y desafíos cotidianos sobre la base de que es el dueño de sus decisiones, acciones y consecuencias.
  • Aprender a manejar sus pensamientos, cambiando su forma de interpretar la realidad, especialmente en lo que concierne a sí mismo, ya que muchas veces toman el rol de víctimas en lugar de resolver aquello que les causa malestar. Por ejemplo, ante expresiones como “me siento miserable porque no encuentro un trabajo rápido, no puedo con esta situación; estoy demasiado ansioso, esto es más grande que yo, no puedo con esto”, deberá sustituirlas por un autodiálogo más positivo como “a pesar de la incertidumbre que me causa no encontrar un trabajo, voy a analizar las alternativas que tengo y hoy mismo comenzaré a enviar resumés o a pensar qué habilidades tengo para desarrollar mi negocio”.

Si la persona entiende que necesita apoyo adicional, se recomienda que busque la asistencia de un consejero psicológico para que lo guíe en ese camino. Con el tratamiento adecuado podrá entender que es responsable de sus emociones, aumentará su tolerancia a la frustración y mejorará su autoestima.

Madurar, no renunciar

Crecer como persona es parte del desarrollo natural de los seres humanos, aunque no siempre es un proceso sencillo. Ser adulto requiere decidir que se desea crecer, adoptar valores y plantearse metas en la vida. También requiere renunciar a algunas cosas para conseguir el objetivo, responsabilizarse de los propios errores y tolerar la frustración día a día.

Madurar no significa perder el niño que llevamos dentro, puesto que no dejarlo salir ocasionalmente nos convierte en personas demasiado rígidas. Sin embargo, no hay que dejar que el niño domine, obstaculice o interfiera con la vida del adulto, como les pasa a los adultos Peter Pan. Es vital una relación de comprensión y cariño entre el adulto y el niño interior, pues madurar con éxito consiste en lograr mantener un equilibrio entre ambas partes de la persona.

Foto: IStock

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